Era primavera y ella estaba sentada debajo de un roble en un bosque detrás de mi casa cuando nos encontramos por vez primera. Alzó sus ojos hacia los míos y dijo que estábamos destinados a encontrarnos en aquel lugar, aquel día. Y cuando vio la flauta en mi mano dijo con una sonrisa, -¿Cantas?- Incliné la cabeza y pensé que su voz era tan encantadora como los lagos de sus ojos y mucho más dulce que la música. ‘¿Cantarás para mí una pequeña canción? –me preguntó- y canté como nunca antes. Y me asombré al ver las palomas, los gorriones y los ruiseñores apostados alrededor con ojos tan amplios como girasoles. Vinieron a vislumbrar tus ojos, sin duda, dije. Y pronto, cada uno en su bosque empezó a cantar en alabanza de su belleza. Y cuando su hechizante melodía finalizó, comprendí que era tiempo de partir. -¡No te vayas!- Dijo. -Tu tono es la canción de mi alma-. Miré a los cielos con ojos agradecidos, luego a sus ojos de jazmín y sonreí.